viernes, 27 de febrero de 2009

DOM TO DAM


A medio recuperar ―para la vida social y patria―, después de un retorno bastante menos épico que el del Jedi ―y digo “medio” pues todavía no me he podido deshacer de esa especie de jet lag espiritual que tengo agarrado a pulmones y estómago como alambre de espino oxidado―, procedo a dejar constancia de un fin de semana, como poco, memorable en compañía de los cuatro sujetos de la instantánea.
Un fin de semana, como poco, entrañable de sorbos de ginebra y tragos de cerveza. De arenques con pepinillo y dudosos solomillos. De rondas nocturnas y lecheras y plumas señoriales y naturalezas muertas con sus moscas de la muerte. De ser esos señores raros de la celda del fondo y aquellos otros del smoking room con las lágrimas salpicándoles la pechera. De bruines cafés y festivales de fondue. De fofa-cola, vacas asaltadoras y “te gusta verme así”. De callejeo, provos y duelos de Moleskine. De apocalipsis de albóndigas y Armagedón de licores. De fiestas de San Valentín con la comunidad malaya de Ámsterdam y amistad en estado esencial. AMISTAD en mayúsculas en un fin de semana que, siendo para olvidar, se convirtió en, como poco, inolvidable gracias a la compañía de los cuatro sujetos de la instantánea.

miércoles, 11 de febrero de 2009

DOMINICOS GO TO ÁMSTERDAM





Una gran experiencia merece un gran colofón. Y nada mejor que la visita de la Vieja Guardia Dominica y su infalible cocktail de viejas anécdotas, hijoputismo a discreción y ganas de diversión para elevar el espíritu y desempolvar el ardor guerrero.

Mucho antes de lo que me alcanza la memoria estos cabrones ya estaban ahí, y a pesar de que soy de los que piensan que nada es eterno ―con la excepción de la muerte y cierta clase de hongos en los pies―, en el fondo, albergo la seguridad ―y la tranquilidad― de que siempre estarán ahí.

A continuación las fichas técnicas de mi particular Club de la Serpiente:

Nombre: Max.
También conocido como: José Ángel Martí.
Profesión: Magistrado y trovador.
Ubicación: Barcelona.
Uno de los mejores tertulianos que conozco. Con un pésimo gusto para la música que compensa con creces su fino paladar para la literatura y el cine. Marionetista del sentimiento.

Nombre: Carlos Pérez y Pérez.
También conocido como: Charly, Pereta o La Jodida Voz.
Profesión: mercader ambulante.
Ubicación: cualquier habitación de cualquier buen hotel de cualquier ciudad española.
Capaz de recorrer 200 kilómetros para tomar un café con los amigos. Capaz de dormir dos horas si se ha quedado con los amigos para comer. Capaz de irse a casa siete horas después, tomarse un copazo y regresar más fresco que antes. Dandy de la amistad.

Nombre: El Chino.
También conocido como: El Chino.
Profesión: informático.
Ubicación: el ciberespacio.
Uno de los sujetos más cabrones que me he echado nunca a la cara pero todo corazón. Un jodido Mr. Potato cardiaco, un corazón con las extremidades prendidas con alfileres.

Nombre: don Francisco de Asís Carrión Lapiedra.
También conocido como: Paco Tercio, la chicuelina de Ruzafa o el Mussolini de Germanías.
Profesión: conspirador de transitaria.
Ubicación: Valencia.
Un auténtico titán de la camaradería. Imperturbable e inamovible en su mundo sin escala de grises. El jodido Atlas de la amistad. Un regalo sin envoltorio ni lazo.

lunes, 9 de febrero de 2009

VUELVO A CASA

Es ésta una expresión que, lanzada desde los labios de un soldado destinado en el frente o de ese hijo que regresa con el turrón y la Navidad, supone una absoluta felicidad.
Es ésta una expresión que, arrancada de los labios de quién en unos días debía recabar en Londres como escala al otoño en Nueva York, supone una absoluta desdicha.

Iba a decir que nos han venido malas cartas, pero creo que llevamos varias manos apostando sin que nos hayan repartido ninguna.

El mundo ha tenido la excentricidad de pillar una crisis y el edificio que alberga nuestro despacho una aluminosis. La crisis repela los huesos del negocio y el edificio amenaza con venirse abajo de no ser alimentado con obscenas cantidades de dinero. Todo un poema al mal gusto.

El año de las mil aventuras va a ser el año de las mil incertidumbres. Pero así es la vida: una concatenación de putadas cuyo interludio debes disfrutar como si te fuera la vida en ello. Y sí, eso es algo que hemos sabido hacer y, so pena de que se me acuse de autobombo, además muy bien.

Echaré de menos una ciudad donde la sonrisa es una marca de nacimiento, la amabilidad y la paciencia estigmas surgidos a corta edad y tocar el claxon de muy mala educación; echaré de menos esos paseos por Frederiksplein repletos de vehementes reflexiones con el cacofónico bramar del síndico de borrachos al fondo; echaré de menos tener como única preocupación el encontrar la inspiración entre la barahúnda de gritos y ladridos, respectivamente, de La García y Olivia; también los cafés marrones y esa esquina de Prinsengracht desde la que se ve la fachada del Rijksmuseum; echaré de menos la paz ―dentro y fuera―, la banda sonora de la paz ―esa anciana que toca el piano saboreando una copa de vino, el gerente de un taller de bicicletas tocando el saxo, la música que brota por las ventanas de una casa-barco…― y las aceras sinuosas alfombradas con verdín; echaré de menos el ver un avión cruzando el cielo y no preguntarme adónde va… Echaré mucho de menos los cuarenta y pocos metros cuadrados de esa casa en Utrechtsedwarsstraat y hasta sus endiabladas escaleras.

Pero no nos pongamos patibularios. Una derrota no es haber perdido la guerra, un árbol cruzado en el camino no es el final del viaje y un punto y aparte no es un punto final.
García… siempre nos quedará Ámsterdam.

Instantánea: Iba a poner una fotografía de los Llabrés & García celebrando la llegada del 2009 con la felicidad esencial dibujada en sus caras pero me ha parecido un innecesario tirar sal a la herida. Por el contrario, os dejo con mi plaza predilecta de este Dam que ya es casi un recuerdo: la plaza de Spui (y su golfillo). El lugar desde el que los provos cambiaron ―a golpe de subversión, provocación y humor― el alma de Ámsterdam a mediados de los 60. Así, recargado con el espíritu de los provos y con la sabiduría que la distancia y la perspectiva han tenido a bien regalarme, vuelvo a casa.

jueves, 5 de febrero de 2009

WF Y LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Cruzo con zancada firme la siempre bulliciosa plaza Dam esquivando el vuelo rasante de las palomas y la turbamulta de japoneses ―esos hombrecillos a una cámara pegados―, turistas del fumeque ―todo dreadlocks y sonrisas blandas hipnotizadas por los mimos― y melés de adolescentes de sobreexcitadas mejillas sonrosadas por la cercanía del Red Light.

En ese corazón adoquinado del que parten las calles más comerciales y populares del Ámsterdam turístico yo elijo una estrecha callejuela que pasa totalmente desapercibida. Es allí donde guardo mi particular máquina del tiempo.

Atravieso el frío siseo de una puerta que me cede mecánica el paso, luego otra más y ya he viajado cuatrocientos años atrás. Ante mí se erige la fachada del Winand Fockink, impasible y atemporal, un sobrio cuartucho desgastado a mayor gloria de la ginebra. De esa ginebra que sabe a enebro pero también a mora, grosella, fresa o limón. De esa ginebra que ellos mismos fabrican, en la pequeña destilería de la puerta de al lado, desde que la ginebra existe. Desde que a algún avispado holandés de ojos aflorinados se le ocurrió comercializar un remedio para los cálculos biliares.

Y es que al contrario de lo que una amplia mayoría cree, el origen de esta bebida no se encuentra en la capital del cantón suizo del mismo nombre sino en las bayas de enebro (jenever) de su fórmula. Esa fórmula que los ingleses se llevaron para dar paso a ese gin que lejos de emanciparse nunca ha podido caminar solo.

En el Winand Fockink degustaremos ginebras y licores de los sabores más extravagantes ―el primer sorbo sin manos, según dicta la costumbre del lugar―, retozaremos en torno a alambiques de cobre brillante y llenaremos nuestra espíritu de un pasado que ya no puede hacer daño. Un Ámsterdam puro XVII que de serlo más haría que estallaran todos nuestros alveolos pulmonares.

Sé que entre mi pasada oda a los cafés marrones y este panegírico a la ginebra va a parecer que mi estancia en Ámsterdam trascurre entre cerveza arriba y ginebra abajo… pero no crean, mis queridos amigos, que de vez en cuando también tomo una copita de vino.

domingo, 1 de febrero de 2009

CHET BAKER: EL ANGEL CAIDO



13 de mayo de 1988, un cuerpo sin vida yace bajo una ventana abierta del Hotel Prins Hendrik de Ámsterdam. Tras la carcasa ensangrentada de ese ajado anciano se encontraba el más famoso jazzman blanco de todos los tiempos, su nombre Chet Baker, su edad 58 años.

Podéis llamarme limitado, cerrado de mente, talibán o jurásico… sí, soy todo eso y muchas otras cosas. Pero la verdad es que siempre he considerado las largas improvisaciones en el jazz ―y, si me apuras, en cualquier estilo― como un innecesario egocentrismo interpretativo que enturbia la melodía. Por eso soy más del cool que del bebop, del souljazz que del hardbop. Por eso detesto el freejazz. Por eso me encanta Chet Baker.

Chet Baker tenía el talento suficiente para ser el más grande y, a pesar de que hizo todo lo posible para evitarlo, casi lo consiguió. Su voz es el quejido asexuado y doliente del agonizante. El sonido de su trompeta tiene todo el romanticismo del que carecía su tortuosa vida. Chet escupe sus entrañas con la dulzura de la derrota y anuda tus pulmones con alambre de espino y melancolía. Un ángel caído más allá de los confines del infierno, una trompeta de oro empeñada por el precio de una dosis.

Para lo que gustéis de las biografías crudas no podéis perderos el excelente Deep in a dream. La larga noche de Chet Baker del periodista James Gavin. Más de 500 páginas repletas de idolatría y olvido, de detenciones y extradiciones, de conciertos memorables y amores enfermizos, de autodestrucción y carretera, de amistad y pasión pero sobretodo repletas de jazz, de ese jazz que se desliza por las callejuelas de la vieja Ámsterdam. Porque Ámsterdam no ha olvidado al viejo Chet.

miércoles, 28 de enero de 2009

DISCREPANCIAS CULTURALES PARTE 4: LA LAVADORA


Supongo que en alguna ocasión os habréis preguntado por qué los americanos del norte no tienen lavadora en su casa. Os habréis preguntado qué les lleva a acarrear sus calcetines sucios varias manzanas para dejar morir las horas delante de una hilera de tambores en arduo centrifugado o, en el mejor de los casos, cuál es la oscura razón de flagelarse con visitas a esos terroríficos lugares, siempre con bombilla nerviosa y dubitativa, habilitados en el subsuelo de los bloques de apartamentos.

Pues si esperabais encontrar aquí la respuesta os equivocabais. No, no tengo contestación para una de esas dudas que, juntamente con el porqué la llave de un armario viejo elimina un orzuelo o una cucharilla de postre evita que la sidra pierda gas, me atormentan desde hace lustros. Aunque, por el contrario, creo haber descubierto el origen de dicha extravagancia cultural: los Países Bajos. Pues en tierra de infieles tampoco le tienen afición a este, en nuestro caso, cotidiano electrodoméstico.
Sí, creo firmemente que la fobia por la lavadora ―alias lavar la ropa fuera de casa― ya vino marcada a fuego en la genética de aquellos colonizadores holandeses que, a principios del XVII, compraron la Isla de Manhattan a los indios Lenape ―según cuenta la leyenda, por unos irrisorios 24 dólares―.

Estando así las cosas, dos son las opciones que se te platean por estos lares en lo que a colada se refiere: el “hágaselo Ud. mismo” o el “aquí se lo dejo y vuelvo a las 4”. Como tardas bien poco en darte cuenta de que la primera candidata ―el self service de lavadoras, el buffet libre de la colada― es lo más parecido a que el diablo te sodomice ―pues no hay mejor aprendizaje que tu mejor jersey midiendo palmo y medio o las contundentes enseñanzas de ese arma de destrucción masiva llamada secadora― acabas buscándote una tintorería/lavandería. Esos extraños lugares donde toscas muchachas manipulan tus interioridades y además sucias.

No voy a negar que tener que cruzar 2 avenidas, 1 canal y 7 calles para limpiar tu ropa es bastante molesto pero, la verdad, es que mientras cruzo Ferdinand Bol con mi áspera bolsa a cuadros me siento un amsterdamés más. Sí, señoras y señores, la integración es una braga sucia.

sábado, 24 de enero de 2009

FOTOGRAMAS SABÁTICOS: REBELDES DEL SWING

Director: Thomas Carter

Año de estreno: 1993

Reparto: Un Robert Sean Leonard post-Club de los Poetas Muertos y pre-House, un Christian Bale post-El Imperio del Sol y pre-Bateman/Batman y un Kenneth Branagh post-Los Amigos de Peter y pre-Frankenstein.

El principio: «En las postrimerías de los años 30 un nuevo movimiento se extendía entre los adolescentes de Hamburgo, Alemania. Sus seguidores se negaban a unirse a la organización juvenil de los nazis, las Juventudes Hitlerianas ―conocidas como la H.J.―. Llevaban el cabello largo, estaban obsesionados con las películas americanas, la moda británica y la música Swing. Se llamaban a sí mismos Swing Kids».

El final: «Cientos de Swing Kids fueron enviados a campos de trabajo. A otros miles les obligaron a alistarse en el ejército y murieron durante la guerra. Pero el movimiento siguió creciendo y una nueva generación de Swing Kids sobrevivió para presenciar la derrota de los nazis».

Una frase: «¡Swing Heil!».

De qué diablos: Rebeldes del Swing merece estar inspirada en un buen libro que tenga todo lo que le falta a la película. Aunque un final desafortunado, cierta falta de intensidad y la omisión a la resistencia activa de la contracultura swing durante los años de la guerra no deben ensombrecer unas interpretaciones solventes, una buena recreación de esa Alemania preparándose para escribir con pulso firme y marcial los párrafos más torcidos de la historia ni el acierto de descubrirnos a estos dandis de zoot suit, sombrero de ala ancha y paraguas que, por principios, diversión o pasión, decidieron jugar distinto cuando el individualismo podía costarte la vida. Swing Kids o a la redención a través del baile, la música y la estética. ¿De qué me suena esto?

http://www.youtube.com/watch?v=COJH-cPJ2so

Sentencias y flechas

La bohemia es una vela consumiéndose en el cuello de una botella de vino francés.

martes, 20 de enero de 2009

BANDA SONORA: THE PEDDLERS

Hay situaciones, sensaciones y estaciones que reclaman a gritos una canción. Sentimientos, recuerdos y lugares que llenan tus oídos de compases y tu paladar de estribillos.

Ámsterdam es jazz. Jazz en la magia de sus callejas atemporales y en sus noches de espesa niebla flotando sobre canales. Ámsterdam es reggae. Reggae enjaulado que habita entre párpados a media asta y sonrisas lacias tras bocanadas cetrinas.

Hoy un poco de jazz. De ese jazz que es Ámsterdam. De ese jazz que siempre me vendrá a la mente cuando recuerde mis días aquí, piense en la felicidad esencial o la noche se llene de bruma. Hoy un poco de ese jazz -easy sin dejar de ser cool, pop sin dejar de ser elegante- de la banda del crooner del hammond Roy Phillips.

Grupo: The Peddlers
Álbum: Freewheelers
Año: 1967
Sello: CBS
Canción: Who Can I Turn To (When Nobody Needs Me)


http://www.youtube.com/watch?v=VKgGIcuX76c&feature=related

viernes, 16 de enero de 2009

QUE ME ENCIERREN EN UN CAFÉ MARRÓN Y TIREN LA LLAVE


Si bien uno puede encontrar en el lugar más recóndito del universo una pizzería, un pub irlandés o un restaurante chino ―y cada vez más, hasta un bar de tapas― sólo en esta parte del mundo podrás deleitarte con un café marrón. Y es que el paso de los siglos no se puede exportar.

Los bruine cafés son la esencia misma de una ciudad anclada cómodamente en su pasado. Ese complemento ideal para que nada desentone en nuestro viaje en el tiempo. Acogedores templos en claroscuro donde la ginebra es un elixir celestial que se niega a compartir protagonismo, la cerveza cien aguas benditas y las meat balls el ansiado maná con que avituallar el agradable camino.

Los cafés marrones son pequeños y recargados ―de toneles, cuadros y viejas botellas de piedra de jonge―, remansos de paz durante el día ―ideales para la lectura y las confidencias a media voz― y bulliciosos al caer la tarde ―idóneos para una sociabilización etílica que nada sabe de diferencias generacionales―. Oscuros, y endiabladamente acogedores, no conocen de otra banda sonora que las voces de sus parroquianos y el chocar de las copas a la lumbre de una vieja estufa.
Retazos de otro Ámsterdam; aquél de Rembrandt, Espinoza y Descartes; aquél de marinos y colonias de ultramar. Retazos en desgastada madera ―madera oscura en paredes, suelos, barra y allá donde mires― ajenos a una modernidad y a un turisteo que queda al otro lado del umbral. Huérfanos de la niebla de pipas y cigarrillos que no de los tres siglos de historia ―de los tres siglos de historias― que nos contemplan desde cada esquina alimentando ese temor reverencial que es más cercano al ―merecido―respeto por estos ilustres ancianos que otra cosa.

Recomendaciones:

Para terminar esta oda al café marrón nada mejor que las recomendaciones de turno. En este caso algo tremendamente facilón pues TODOS son recomendables. Aún así apunto el Oosterling 1877 en Utrechtstraat por ser el del barrio y el Pieper por su antigüedad ―1665―, por estar ubicado en el más bello paseo que puede darse en Dam ―recorrer Prinsengracht hasta el número 424―, por su ambiente de clientela de siempre y por hacerte sentir como parte de ella.

Más recomendaciones:

Para los que gustéis de la ginebra optar siempre por la joven y los amantes de otros espirituosos ―tipo whisky o ron― decidiros por la ginebra vieja de tintes pardos; nomenclaturas que nada tienen que ver con la edad sino con la diferente elaboración cuyos resultados son antagónicos. Además, la degustación de ginebras, tiene como maravillosa costumbre el combinarla con un buen vaso de cerveza. Aquí cualquiera nos vale pues en Ámsterdam hasta la Heineken es exquisita.

Ya para terminar un agradecimiento a todos/as los que seguís este blog y gracias por las más de 500 visitas recibidas en menos de 3 meses. Tal vez todavía hay una esperanza para este mundo.

domingo, 11 de enero de 2009

DISCREPANCIAS CULTURALES PARTE 3: ENTRE PERSIANAS, CORTINAS Y DEMÁS VISILLOS


Dicen los entendidos en la materia ―en este caso entendida― que la ausencia de persianas en las ventanas de Ámsterdam y el uso exclusivo de las cortinas como eficaz quitafrío en las noches de invierno se debe, lejos de aparentes motivaciones que van desde lo ahorrativo al exhibicionismo, al legado protestante de esta parte del país.

Así, frente al católico hogar bunkerizado, que lava sus platos sucios en casa y oculta al extraño sus miserias y temores, Ámsterdam exhibe sus estampas domésticas con total impunidad. Si además tenemos en cuenta que la legislación urbanística obliga a construir grandes ventanas, para aligerar el peso de las fachadas y evitar derrumbamientos, el espectáculo vital es para el visitante como poco abrumador.

Abrumador e inquietante para esos ojos poco acostumbrados a ver la vida ajena en directo ―más allá de bazofias televisivas donde cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia y menos mal― pero tremendamente acogedor y entrañable en cuanto conseguimos disfrutar de Ámsterdam como ese teatro dentro del teatro donde las calles y las casas se simbiotizan en un único y vigoroso enjambre y en cualquier paseo solitario por una callejuela cualquiera te sientes arropado y en compañía.


Y así, una vez superada la incomodidad inicial del voyeur ―tan pronto como descubres que más allá de tu ventana indiscreta no hay otra cosa que familias cenando y amigos charlando con unas copas de vino―, rara vez vuelves a posar la vista en otros cristales que no sean los de los comercios o restaurantes ―o los del Barrio Rojo en su caso y también a fuerza de superar cierta incomodidad―. Porque dentro de todos esos hogares simplemente transcurre la vida, igual que en el tuyo. Ese al que muchas veces hacemos menos caso del que se merece y del que dedicamos a los otros.

Ya sé lo que estáis pensando, mis estimadas y calenturientas almas, que de tener un patio interior de inmensas ventanas sin cortinas en pleno Ámsterdam estaríais todo el santo día con la nariz pegada al cristal observando a las pluscuamperfectas holandesas, pero os aseguro que si en vuestra primera mañana en esta deliciosa ciudad lo que hubiera aguijoneado vuestras retinas fuera una señorona de ciento veinte kilos correteando desnuda por la salita de su casa habríais aprendido la lección.

martes, 6 de enero de 2009

PÁRRAFOS SABÁTICOS: EL FIN DEL MUNDO HA LLEGADO ¡QUE SUENE MARVIN GAYE!

Si hay un protagonista estelar de este peregrinaje espiritual, más allá de La García y de este vuestro humilde servidor e incluso de Olivia, que ya es mucho decir, es este legajo modernista edificado con sucias palabras de las de enjuague con lejía, reflexiones incendiarias ―efectiva terapia para combatir la úlcera gástrica― y demencia bíblica atestada de anecdotario demencial.

Proyecto robado al asueto de los últimos años que centra la holganza de este ―al que la crisis está convirtiendo en más quijote que sabático, en más lucha contra gigantes que disfrute bucólico a la sombra de los molinos― y las ilusiones ―contenidas por el realismo― de un futuro elegido por uno mismo.

Aquí os dejo con una breve ficha de mi aportación a la literatura mundial, esperando ―y al hilo de mi anterior post literario― no suponga el ocaso de la misma.

Autor: El que suscribe.

Año de publicación: incierto.

El principio: «Koji Nakamura conducía por el ovillo de circunvalaciones que orbita alrededor de Tokio. El crepúsculo dibujaba a su espalda la dentada silueta de la megalópolis dándole un aspecto amenazador, como de enormes fauces cerniéndose sobre él. Apretó con fuerza el acelerador intentando alejar de la boca del estómago esa inquietante sensación, recuperando la serenidad a medida que las millas iban poniendo asfalto de por medio. Una serenidad, una paz que por mucho que escarbase en su interior no recordaba haber tenido nunca. Al menos hasta ayer por la noche, cuando recibió el mensaje en su correo electrónico.

—Mañana es el día. 19:00. Mañana es el día. 19:00. Mañana es el día. 19:00 —se repetía entre susurros sintiendo cómo los nervios y la impaciencia atenazaban sus pulmones dificultándole la respiración.

Comprobó nuevamente por el espejo que los dos metros de manguera y la katana reposaban sobre el asiento de atrás. Todavía eran las siete menos cuarto y la siguiente salida era la suya.

Todo estaba controlado».

El final: «Empezó a llover. La lluvia era suave y delicada. Una lluvia que le acariciaba la cara, arrastraba sus lágrimas y saciaba su sed.

El señor Yamamoto miró la lluvia caer. Cada gota estaba en su lugar».

Una cita: «A los ojos de los demás podíamos parecer un puñado de perdedores que habían dejado pasar el tren. Teníamos trabajos de mierda con sueldos de mierda, vivíamos de alquiler en cuchitriles infectos y carecíamos de pareja estable y visos de adquirirla. Pero la verdad es que nos daba totalmente igual. Al menos, nadie había elegido por nosotros ni habíamos sucumbido a la presión social. Nos negábamos a renunciar a nuestros sueños por triviales y absurdos que parecieran. Para nosotros eran los demás los que habían perdido la batalla. Proyectos de héroe que cayeron en las trincheras sin pegar un solo tiro. Muertos en vida que arrastraban su frustración en un carrito con niño. Que maceraban su angustia en un trabajo anodino. Que veían su futuro con clarividencia en cada una de las arrugas que la amargura había esculpido en la cara de sus progenitores».

De qué diablos: Unos adolescentes nipones se han citado a través de internet para suicidarse cuando una lluvia de ranas cae sobre ellos. Una semana después, el tejado del Arena México se viene abajo en pleno combate de lucha libre a causa de una tormenta de granizo. Siete días más tarde, en el Hotel-Casino Riviera de Las Vegas, el certamen internacional de imitadores de Elvis es interrumpido y arrasado por miles y miles de langostas.
Ajeno a todo esto Duque pasa la vida entre discos de jazz y noches de soul en compañía de sus amigos: Santo ―un adicto a la tele-tienda que lleva dos semanas sin salir del sótano de su casa―, Moriarti ―canallesco celador de hospital a tiempo parcial y fumeta terapéutico a jornada completa― y Franky ―un violento trabajador de funeraria que sólo se comunica con frases de películas―. Una existencia sin norte ni brújula que en un momento de delirio les lleva a creer, de forma bastante fundada, que el fin del mundo ha llegado y ocurrirá en Tomelloso. Lo cual no sería un inconveniente de no ser ellos los elegidos para salvarlo.

jueves, 1 de enero de 2009

¿ODIO LA NAVIDAD?


Rotundamente no. El odio supone un enconamiento y una vehemencia que la navidad no merece ―frase abierta para que cada cual añada bien «el esfuerzo», bien «la inquina»―.

Digamos que, sin llegar al odio, me resulta desagradable en muchas de sus facetas. Entre otras, por la felicidad de saldo con calzador de regalo, por esos compromisos familiares que para los más son garrote vil y para los menos excusa para no volverse a ver hasta 364 días después ―o 365 si el año es bisiesto―, por las orgías gastronómico-pantagruélicas al más puro estilo El sentido de la vida, por la salida nocturna como asignatura obligatoria, por el patetismo ilustrado de esas cenas de empresa donde la preceptiva borrachera sirve para justificar jefes trasteando subordinadas y compañeros casados intercambiando fluidos con compañeras casadas, por las felicitaciones masivas y prestadas, porque te hacen recordar a los ausentes, por «el imbécil con serpentina» alias espécimen beodo y salteador de Nocheviejas ―estoy firmemente convencido de que siempre es el mismo pero con distinta careta― proclive al abrazo fácil y a los deseos de prosperidad ―no por vacuos menos insistentes―, porque cuando salgo a la calle y me veo rodeado de todas esas estampas macilentas de señorona con estola, corbata-Cristo-dos-pistolas anudando saco de chistes y adolescente de americana y zapatillas me asaltan los instintos homicidas… porque nunca me ha gustado sentirme parte del rebaño.

Si bien muchos de estos despropósitos son cálices que ya me he encargado de alejar de mí ―pues el no tener móvil me ahorra los mensajes edulcorados, el ser mi propio jefe me ha permitido abolir por decreto la cena de empresa y la excusa de estudiar el fin de año en el mundo la incómoda pregunta de «¿en Nochevieja qué?»―, el resto los padezco o he padecido en mis propias carnes con la llegada de «tan señaladas fechas».

De quedarme aquí mi posicionamiento ante los fastos navideños parecería claro y tajante pero como la mente humana no está fabricada para el simplismo ―aunque el gran público se empecine en auto-mutilar y aletargar esa maravilla del raciocinio― no acabaré esta crónica sin cantar alguna de las excelencias propias de esta festividad que, por su grueso manto de tradición, sirve de eficaz pretexto para: ver a la gente que aprecias o hacer esa llamada que, por absoluta dejadez, llevas tiempo postergando; dar y recibir regalos; seguir atesorando entrañables anécdotas y ver la ilusionada cara de La García con los ecos de la duodécima campanada del año. Sí, supongo que en el fondo ―aunque a veces no en la forma― soy más pretor que César, más garante de las tradiciones que semi-deidad.

En la instantánea: una de esas reuniones familiares por las que sigue valiendo la pena que la navidad regrese cada año.

martes, 23 de diciembre de 2008

¡EL FIN DEL MUNDO HA LLEGADO! QUE SUENE MARVIN GAYE


Tras un embarazo de casi cuatro años, la criatura ha sido alumbrada. Ha pesado 420 páginas, tiene los ojos de color arial y sonrisa a doble espacio como su padre. Ha salido alcohólica, drogadicta y le gusta el soul, pero ¿quién renegaría de un hijo por defectos que tenga o ninguna virtud como es el caso?

En cuanto a la respuesta a la lapidaria cuestión del «¿y ahora qué?», esa es: emancipación. Es lo bueno de las obras literarias que, si bien rara vez traen un pan bajo el brazo, nacen con la mayoría de edad a cuestas.

Ahora toca una de pescadillas muerdecolas, de envíos a editoriales donde no te publicarán ―salvo llevar soldado al nombre Gala, Pérez-Reverte o Zafón― sin traer como carta de presentación algún galardón y envío a concursos que no ganarás salvo llevar soldado al nombre Marías, Pombo o Asensi. Todo ello con el agravante de saberte poseedor de un manuscrito cuya temática interesa únicamente a un puñado de dementes como tú.

Entonces ¿por qué? ¿Cuál el sentido de esta sin razón? ¿Por qué no optar por la cómoda autoedición ofertada por las editoriales de internet? ¿Por qué malgastar tanto tiempo y dinero? ―¿son realmente conscientes los organizadores de certámenes literarios del enorme coste, entre impresión-encuadernación-envío, que supone la participación? ¿Por qué además se empecinan en hacerlo más sangrante pidiendo ejemplares por duplicado o triplicado y, para más inri, a doble espacio y por una sola cara? ¿Desconocen estos señores las excelencias del correo electrónico?―… Al final, todo se reduce a que los dementes de la Celtiberia reclamamos nuestro espacio. Un espacio tangible ―más allá de ese numerus clausus de géneros impertérritos e imperecederos encabezado por la novela histórica― que, a día de hoy y con escasas excepciones, sólo llena la lengua de Shakespeare y que algunos estamos empecinados en conquistar a bofetadas para la de Cervantes.

De momento, toca aplicarse la cantinela de ese pájaro Dodo de Alicia en el País de las Maravillas; el «adelante, siempre avante, nunca para atrás», a sabiendas de que «en esta carrera imposible es ganar».

En la instantánea: el altar santero creado al efecto y en torno a la novela como prueba fehaciente de la confianza en las posibilidades reales de la misma.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Sentencias y flechas

El interior de una nevera es el reflejo de una vida.

martes, 16 de diciembre de 2008

RED LIGHTS, BIG CITY


Bien sabéis los que me conocéis ―los que habéis tenido esa desafortunada, aunque en la mayoría de casos merecida, condena― que, en estas páginas, difícilmente vais a encontrar la Nederland de Rembrandt, los azulejos de Delft y los campos de tulipanes. Para eso ya tenéis las guías, los canales televisivos de viajar y los prescindibles videoreportajes de algún familiar cansino y desconsiderado.

Mi Holanda es ―y será― una Holanda de sensaciones y ambientes, de bofetadas culturales y cafés oscuros, de “entre bambalinas” y “teatro dentro del teatro”, de cerveza blanca y ginebra joven, aunque sin olvidar aquellos rincones que, a pesar de su popularidad, merezcan la trova del viajero. Una mirada reflexiva y bohemia que, para qué engañarnos, no va más allá de torpe embozo de la demencia.

Acusarme de banal, pueril y hasta desconsiderado pero si algo merece una oda, en éste mi Ámsterdam, es el Barrio Rojo.

Como en aquellos viejos recortables de muñequitos en calzón donde a la enfermera le tocaba la jeringa y al bombero la manguera, a Ámsterdam ―por su pasado de ciudad portuaria y, por ende, de descanso del marino― le toca la puta.

Sin entrar en polémicas sobre la “profesión más vieja del mundo” y sus pájaras de vida alegre ―pues nada entiendo de fútbol― simplemente diré que, partiendo del hecho incuestionable de que meretrices ha habido siempre y siempre habrá, si hay una fórmula: es ésta.

Aquí, nada de barrios deprimidos ni deprimentes sino junto al centro neurálgico que es la Plaza Dam.

Aquí, nada de marginación sino en una amplia calle cruzada por un bello canal repleto de cisnes que es la más visitada de la ciudad. Con sus perfectas estampas familiares entre farol y farol y cientos de turistas paseando risueños y cordiales.

Aquí, nada ―o casi nada― de chulos y tráficos ilegales de personas sino autónomas del sexo que alquilan su escaparate, hacen su declaración de renta, elijen a su cliente y tienen derecho a la pensión de jubilación.

Aquí, nada de miradas perdidas sobre sonrisas desdentadas, ni doblegados cuerpos de brazos agujereados sino mujeres saludables ―y travestis mucho más saludables― que bien saben, como todo diligente empresario, que la presentación del producto es esencial para el buen funcionamiento del negocio.

Aquí, un viaje lisérgico hacia la lujuria sobre luces de neón. Un canto de sirena con cien caras con cien miradas maliciosas y cien cuerpos con doscientas curvas. Sodoma en una postal. Gomorra en El Corte Inglés.

En la instantánea (se siente pero está prohibido fotografiar a las cortesanas): el que viste y calza en el Distrito Rojo junto al reclamo de lo que, supongo, será un inocente “negocio de composturas”. Ah y por cierto, ―como apuntaba el gentilhombre aristo, no sé si por clarividencia o experiencia― sí, las pelucas multicolores del mercado de Albert Cuyp sirven para coronar las cabezas de la amplia mayoría de las rameras, furcias y fulanas que exhiben sus encantos a la luz de los purpúreos fanales.

Sentencias y flechas

Nunca seré viejo... a lo sumo, vintage.

jueves, 11 de diciembre de 2008

PÁRRAFOS SABÁTICOS: FAHRENHEIT 451


Las aficiones son esas actividades que nos apasionan y, salvo envidiables excepciones, rara vez dan de comer. Esas inquietudes a las que la velocidad vertiginosa de la vida de adultos -esa carrera circular de la rutina a la rutina con paradas de avituallamiento en la rutina- va relegando de la mesita de noche al armario y del armario al trastero -donde sabes que te esperan pero cada vez te da más pereza buscar-.

Creo que este es un buen momento de hacer justicia a las aficiones y dedicarles ese tiempo merecido que las actividades puramente alimenticias llevan años robándoles.

Sirva pues este blog, entre otros usos, para ir dejando constancia de los distintos libros, películas y canciones -esas son mis sedentarias aficiones- que me van a ir acompañando, como dignos coprotagonistas, en este futurible año sabático.

Empecemos por la literatura -pasión robada al sueño que ahora por fin ve la luz- y demos su espacio a viejos amigos que bien merecen una nueva visita, conocidos con los que no empezamos con buen pie -por venir impuestos o haberse presentado cuando la situación les era adversa- y se les debe una segunda oportunidad y nuevos personajes que llevaban demasiado tiempo en cola de espera.

Para abrir boca os dejo con esta obra de culto del páter de las “Crónicas marcianas”.

Autor: Ray Bradbury

Año de publicación: 1953

El principio: «Constituía un placer especial ver las cosas consumidas, ver los objetos ennegrecidos y cambiados. Con la punta de bronce del soplete en sus puños, con aquella gigantesca serpiente escupiendo su petróleo venenoso sobre el mundo, la sangre le latía en la cabeza y sus manos eran las de un fantástico director tocando todas las sinfonías del fuego y de las llamas para destruir los guiñapos y ruinas de la Historia».

El final:
«Hay un tiempo para todo. Sí. Una época para derrumbarse, una época para construir. Sí. Una hora para guardar silencio y otra para hablar. Sí, todo. Pero, algo más. ¿Qué más? Algo, algo…

Y, a cada lado del río, había un árbol de la vida, con doce clases distintas de frutas, y cada mes entregaban su cosecha; y las hojas de los árboles servían para curar a las naciones.

―Sí ―pensó Montag―, eso es lo que guardaré para mediodía. Para mediodía…
―Cuando alcancemos la ciudad».

Una cita: «Los libros están para recordarnos lo tontos y estúpidos que somos. Son la guardia pretoriana de César, susurrando mientras tiene lugar el desfile por la avenida: “Recuerda, César, que eres mortal”».

De qué diablos: Fahrenheit 451 es la temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde y es también la historia de una pregunta: “¿Es usted feliz?". Una pregunta –la más peligrosa de este mundo- que el protagonista no puede responder a pesar de su trabajo perfecto -como bombero encargado de la quema de esos objetos arcanos y prohibidos llamados libros-, su mujer perfecta -demasiado ocupada en sus pantallas de televisión, su radio y sus sedantes para dejar de sonreír- y esa época perfecta donde le ha tocado vivir -un futuro (¿?) urbanita, proteccionista y, ante todo, feliz. Por obligación, pero feliz-.

martes, 9 de diciembre de 2008

LA NAVIDAD HA LLEGADO A SU FIN


Aunque nos creamos muy europeos porque ya somos capaces de ponernos sandalias con calcetín lo bien cierto es que a este lado de Los Pirineos son más europeos que nosotros. Por eso todo llega antes… y antes se acaba también.

Por estos fundos y a día de hoy la navidad ha llegado a su fin. Aquí, en la noche del 5 de diciembre, Sinterklaas -una suerte de pope ecuestre cuya tradición viajó a los USA con los inmigrantes holandeses dando lugar al rechoncho y risueño Santa Claus de saturada representación hasta la agonía que todos conocemos y padecemos- vuela sobre los tejados de Nederland rellenando de regalos, y supongo que a golpe de horma, los zapatos de todas las familias de bien.

Mito absolutamente rocambolesco -más allá de nuestros magos camelleros a los que la nebulosa esotérica da cierta coartada- por cuanto, según la versión oficial, el susodicho Sint-Nicolaas reside en Madrid, viaja en barco de vapor por el río Manzanares y, tras desembocar en el Cantábrico y cruzar el Atlántico, llega a Holanda. ¡Manda cojones, señores! ¡Manda cojones!

En nuestro caso, salvo por el cabroncete de tu hermano mayor o el imbécil de la clase, era absolutamente imposible descubrir que los reyes eran los padres, pero es que la patraña holandesa es de por sí insostenible. ¿Pero es que estos niños no tienen internet? ¿Desconocen que el Manzanares desemboca en el Jarama? ¿No han escuchado los versos de don Francisco de Quevedo “Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río”? ¿Sus telediarios no hablan nunca de España? ¿No conocen a Bisbal? Esto último, por cierto, una bendición.

Lo de los Reyes Magos de Oriente aún tiene un pase -llegan de unas indeterminadas tierras lejanas siguiendo una estrella, que si oro, que si incienso, que si mirra… si es que ni Tolkien- pero lo de que aparezca un tipo con tiara y cayado dorado con un paje llamado Pedrito El Negro y te digan que es oriundo de España y aquí todo el mundo tan pancho… es de redoble de tambor. ¡Menudas tragaderas tienen los niños neerlandeses!

Aquí dices que vienes de España y te sonríen alelados dándote una galletita con canela. No sé si porque siendo caucásico y sin barba blanca deben creer que eres un pobre loco o porque piensan que eres un elfo raro y premian tu laborioso año de pergeñar presentes.

Hermanos y hermanas, así nunca nos van a tomar en serio.
Hermanos y hermanas, por mucha sandalia con calcetín así no hay Europa que valga.

En la instantánea: vuestro humilde servidor con Pedrito El Negro segundos antes de que llenara mi capucha con medio centenar de galletitas de canela.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Sentencias y flechas

La paz espiritual admite pago con tarjeta.